¡Imposible para mí…! Convento de las Clarisas

¡Imposible para mí…! Convento de las Clarisas
“Desde aquí mis rodillas se hacen alas, puedo llegar a tantos corazones, a tantos hermanos con los que ser madre solidaria y cercana, que sana y acompaña,  desde el silencio orante”
 
EL TOBOSO / 20 JUN ■ InfoParroquia.- Después de haber vivido en primera persona, justo ahora hace una semana, la profesión solemne de la hermana Gabriela del Buen Pastor en el Convento de las Clarisas de la Patria de Dulcinea, InfoParroquia EL TOBOSO les hace llegar la siguiente entrevista que realizó a la hermana Gabriela, Sor Gabi, días antes de su profesión, el pasado 13 de junio.
Gracias a la hospitalidad de las hermanas clarisas, pudimos compartir un rato, largo y tendido, con esta joven paraguaya a la que poco a poco se le van notando rasgos de querer ser una auténtica Dulcinea de Dios. Nos recibe en la Iglesia del Convento toboseño. Nosotros aguardamos en la bancada del templo. Tras saludar al Señor en el Sagrario con una sentida genuflexión, se vuelve hacia nosotros y nos dice:
HG: ¡Hola, chicos!
InfoParroquia
(IP):
Gracias hermana por habernos dado la oportunidad de atendernos en estos días, que seguro sabemos están siendo muy importantes para usted. Para empezar, ¿quién es usted?
Hermana Gabriela (HG): Mi nombre es Gabriela María Beatriz Martinucci Orihuela, tengo 31 años, nací en Asunción (Paraguay) y soy la tercera hija de 4 hermanos. Llevo viviendo en España casi 7 años, en esta comunidad de Hermanas Clarisas Franciscanas de El Toboso (Toledo).
IP: ¿Cómo llegó hasta aquí, hasta El Toboso?
HG: Es la pregunta con la que no pocas personas me interrogan o quizá y en el fondo, no sea más que la expresión de quien se interroga tal misterio a sí mismo. Por eso, permitidme que comparta con vosotros este testimonio vocacional, aprovechando el acontecimiento de mi Profesión Solemne como religiosa clarisa.
IP: Por supuesto, hermana. Cuéntenos…
HG: Por la gracia de Dios, nací en un hogar cristiano con gran sensibilidad mariana, devoción a la Virgen. Ahí aprendí mis primeras oraciones con la ayuda de mis padres y abuelos. En especial con mi abuela Claudia a la que cariñosamente llamábamos “Tata”
Mis padres se casaron un 24 de mayo en reflejo de ese amor tan grande a nuestra madre María en su especial advocación de “Auxiliadora”, con la promesa de consagrarle a Ella los hijos que Dios les diera.
Fui educada en colegios católicos donde tuve la gracia de conocer a muy buenas religiosas, que con sus vidas y ejemplo me fueron enseñando lo hermoso que era para ellas vivir entregando la vida a Dios. Tal fue mi experiencia en estas instituciones que a los 9 años, viendo a una religiosa de la infancia misionera, sentí por primera vez la llamada a la vida consagrada.
IP: Ya con nueve años quería ser… ¿religiosa?
HG: Bueno, este deseo fue creciendo en mí, y creo que de alguna manera iba también modelando mis actitudes y tendencias de cara a la vida según Dios.
Mi comunidad parroquial fue lugar de encuentro con un Dios más vivo y dinámico al que poder frecuentar. Aquí tuve mis primeras vivencias fundamentales de fe, donde percibí cuál era el poder de la oración en la curación del cáncer que le toco padecer a mi madre. Más tarde y al igual que mis padres, también serví con gratitud a mi querida Parroquia de San Agustín como catequista de niños que iban a tomar la Primera Comunión.
Sin duda que las costumbres religiosas y prácticas cristianas de este entorno tan resguardado en el que crecí, nutrían esa primera llamada, pues al margen de ser una adolescente normal, casi iba como fiándome una meta: “terminar el colegio y meterme a monja”
IP: ¿Tan claro lo tenía?, ¿no pensaba en otras opciones?, ¿no le asaltaron las dudas?
HG: Si, si, si. Las luchas internas de la juventud no tardarían en llegar; tampoco Dios descuidaría su tierra elegida.
IP: ¿Y qué pasó?
HG: Pues que estando yo así y sin querer, toda la familia nos vimos  integrando el Camino Neocatecumenal donde  inicié un itinerario de fe más sólido a la luz de la Palabra. Por motivos de mi corta edad, sólo contaba con 17 años, no pude ingresar a en una comunidad religiosa. Este hecho hizo que fuese aparcando aquella naciente idea de niña.
IP: A esa edad, con 17 años y en plena adolescencia, ¿no le salió algún amor a primera vista?
HG: [Se pone muy colorada y nos mira. Después, contesta] Tuve algunos novios, incluso tuve propuesta de boda, pero era evidente la presencia de “la mano de Dios” en mi camino ya que Él me iba relegando de ello poco a poco.
IP: ¿Hacia dónde le iba llevando Dios o hacia dónde usted quería ir? 
HG: Pues, de entrada ingresé en la Universidad tratando de quemar el tiempo, pues no sabía bien qué camino seguir. Jamás consideré una mala inversión el estudiar, así que me matriculé en Psicología. Seguí también mis estudios de inglés e informática. De esta forma y con la mente bastante ocupada no habría tiempo para pensar en ser o no religiosa.
No obstante, esa llama no se apagaba en mi interior: Dios se ocupaba de mantenerla viva con infinidad de detalles. Pero mi proceso vocacional fue, en resumidas cuentas, un contante resistirme.
“Dios siempre camina a nuestro lado. Él es quien va tejiendo la historia de cada uno pero eso sí, respetando siempre tu voluntad. No obstante, si notas que te está llamando, no dudes en que te lo hará saber de mil maneras, aun cuando tú estés ideando la táctica más creativa posible para ensombrecer o acallar su voz en ti. No lo olvides, contra Dios no se lucha, ¡Él es!
Querría ir terminando donde “realmente empieza todo”, en la respuesta entregada a esa llamada que Dios venía haciendo sonar en mi interior.
IP: Una duda, hermana. En todo este tiempo, ¿seguía tan vinculada a la vida de la parroquia, a las catequesis del Camino, a todo eso que antes nos ha contado?
 
HG: Me había distanciado un poco de todo el mundo religioso, quería vivir y ambicionar las cosas más normales que cualquier joven siente con visión de futuro. Ya estaba por terminar la carrera, y por aquel entonces, me consideraba muy segura de mis acciones, aunque estuvieran apoyadas en fugaces nimiedades que no dejan más que vacío en el corazón del hombre.
Así fue que el Señor tuvo que espabilarme por completo presentando ante mí la “catequesis de la muerte”.
IP: ¿Qué sucedió?
HG: Nos tocó asumir con dolor el fallecimiento de un familiar, y en aquel acontecimiento descubrí lo corta que puede resultar la vida, lo voluble y expuesto que está este gran don aquí en la tierra. El tiempo escaso, contado y limitado que tenemos como oportunidad para hallar la voluntad de Dios en nuestro recorrido y seguirlo con entregado corazón.
Una cosa me fue conduciendo a la otra, como quien va engarzando los aros de una cadena. La misa de novenario del fallecimiento de este familiar fue celebrada en el convento de las madres Carmelitas que estaba cercano a mi casa. ¡Era la primera vez que tendría un contacto primerizo con religiosas de clausura! Pero de ¿clausura? Eso me sonaba a rejas, disciplina y vida muy dura en penitencia, a mujeres casi perfectas. ¡Imposible algo así para mí!
IP: Eso… ¿de clausura?, ¿no le gustaba ese tipo de vida?
HG: Pues no sé, sólo que sucedió lo contrario. En las miradas de aquellas mujeres descubrí no sólo el rostro de aquel Cristo paciente y sufriente que tanto venía ya aguardándome, sino también y sobre todo, el rostro de un Dios que quizá yo aun no conocía en carne propia. El de un “Dios misericordioso” que estaba a mi puerta llamando con el mismo amor y ternura de siempre, con el mismo interés y deseo a pesar de mis distantes actitudes para con Él. Con dulce voz de Buen Pastor, me decía: “ven”. Me invitaba así a hacerme yo “buen pastor” para otros, me proponía la maravillosa aventura de quien sale de sí para hacerse prolongación de su presencia entre aquellos que aún no le conocen o se han alejado de Él. Me invitaba a andar un recorrido como madre orante, cooperadora y sostenedora de
los miembros vacilantes de la Iglesia, según palabras de mi madre Santa Clara.
¡De ese “Cristo-Dios” me prendé por completo! Y desde entonces, no sin dificultades, intenté dar pié con todas mis fuerzas a ese amor verdadero y profundo, novedoso y paciente que yo acababa de conocer.
IP: Y, ¿qué hizo para poder encauzar y hacer realidad todas estas vivencias y convicciones?
HG: No pensando en el tiempo perdido sino en lo que me esperaba por delante, me apunté por tercera vez al retiro vocacional que ofrece el Camino Neocatecumenal cada año a los jóvenes. ¡Solo quería donarme! Necesitaba ser enviada por mi “Madre la Iglesia” a cualquier lugar del mundo a anunciar la buena noticia. Como María Magdalena en Pascua de Resurrección, necesitaba correr, saltar y gritar para anunciar a aquel “Jesús vivo” que sin saberlo yo, tanto había buscado, aun a veces, en las penumbras de las tumbas del mundo.
Así, en aquella convivencia vocacional, recibí la aceptación y la propuesta de ser enviada a esta comunidad de Hermanas Clarisas de El Toboso, donde por su gracia persevero e intento servir a la Iglesia como religiosa contemplativa. Desde aquí mis rodillas se hacen alas, puedo llegar a tantos corazones, a tantos hermanos con los que ser madre solidaria y cercana, que sana y acompaña,  desde el silencio orante.
IP: ¡Usted como Don Quijote!, ya que nos encontramos en tierras cervantinas. Se montó en su cabalgadura; bueno, imaginamos que en un avión, y… ¡a El Toboso! ¿Fue así?
HG: [Se ríe] No, ¡ojalá! Pero ni Rocín ni avión. En esta etapa no fue todo tan rápido como parece. La lucha se hizo más fuerte y constante que nunca a la hora de poner a prueba este amor.
Antes tuve que seguir un camino de discernimiento con un sacerdote que bien me conoce, casi desde niña. Es el Padre Zacarías Martínez, un ángel sin alas, de quien recibí su repuesta de aceptar ser mi director espiritual, en plena explanada del Santuario de Aparecida (Brasil) donde peregriné al encuentro del Papa emérito Benedicto XVI y donde también tendríamos un encuentro vocacional con los fundadores del Camino Neocatecumenal.
Junto a mis padres y un grupo hermoso de hermanos, participamos de varios encuentros, y, en el momento del levantamiento vocacional que nos hicieron, salté de mi silla y fui corriendo dónde esperaban los obispos para imponernos las manos sobre quienes respondíamos a la llamada; para recibir por la fe, toda la fuerza y la gracia del Espíritu Santo y así para poder emprender nuestro envío, cumplir la voluntad de Dios, ser sus discípulos.
[Hace un silencio…, creemos que se está emocionando. Apagamos la grabadora. Luego nos hace seña de que la encendamos y nos dice:]
Recuerdo que al subir al estrado, desde donde nos brindaron el encuentro, sentí un par de palmadas de ánimo en la espalda y una voz que me dijo: “¡ánimo muchacha, Dios no te abandona!”. Al regresar donde mis padres, me enseñaron el vídeo. Y Cuál fue mi sorpresa al descubrir que estas palabras de aliento, las recibí del propio Kiko Arguello, fundador del Camino Neocatecumenal y en cuyo itinerario de iniciación volví a nacer a la vida de la
fe.
IP: Entonces, ¿cuándo monja,  cuándo El Toboso, cuándo las clarisas? 
HG: Bueno, bueno. Ahora es cuando realmente comenzó el tiempo de espera el cual se me hizo eterno. Aún debía concluir mis estudios universitarios y terminar las documentaciones requeridas para emprender el viaje a España. Así que, esta vez, no me quedó de otra, a mí me tocó aprender a esperar a Aquel que llevaba casi toda una vida esperándome.
IP: ¿Está contenta?
HG: ¡Feliz, y mucho! Jamás pensé llegar a dónde he llegado, y mucho menos imaginarme como religiosa de clausura. Nunca considere España, más en concreto El Toboso, como lugar donde vivir para siempre, lejos de mi país, de mi familia, de mis amigos y cultura. Al mismo tiempo, tampoco pensé ser tan dichosa al saberme cada día tan amada y mirada con el amor y la misericordia infinita de Aquel cuya hermosura admiran el sol y la luna; de Aquel a quien mi madre Santa Clara me invita a amar totalmente pues Él se entregó totalmente en la máxima pobreza de la cruz, ¡por mí y por amor!
IP: ¿No echa de menos su tierra, familia, amigos?
HG: Hay cosas a las que he renunciado, sí, es verdad. Pero no sería honesto dejar de reconocer el chorro de gracias derramado no solo sobre mí, sino también sobre mi familia. Por eso, desde la oración los acompaño siempre.
Tomando el ejemplo de vida de santa Clara y de san Francisco, te invito a no temer ni a cesar en tu búsqueda, pues “cuando Dios llama a una misión, provee las fuerzas necesarias para cumplirla”. Que, si bien se arriesga en esta elección, “¡también se gana!”
 
IP: La verdad, hermana Gabriela, que este ratito que hemos pasado con usted podemos hacernos una idea de lo valiente que ha sido y, sobre todo, sus palabras nos dejan claro que Dios la está llamando a una misión y con nosotros, aquí, en El Toboso, en este entrañable convento de Hermanas Clarisas.
HG: Si aun en la pequeñez de mi testimonio, no les he podido satisfacer a sus inquietudes o preguntas, no se preocupen, ni se agobien. Asegurarles a todos ustedes, bueno… a vosotros (que estamos en España), que desde este Convento de El Toboso estaremos orando por ti, para que en su momento, el cual Dios bien conoce y ha marcado para ti, sepas descubrir y asumir con valor aquel tesoro que sólo Él ha puesto en el corazón de cada hombre.
Te invito junto a mis hermanas a profundizar sobre la importancia de “la oración como camino de comunión con Cristo y de vida orante y contemplativa”, para que puedas entrar en la escucha de Dios y de los sufrimientos e inquietudes de los hombres y mujeres de nuestro tiempo, desde donde se realiza nuestra labor.
Ya me despido con el deseo de hacer eco en tu corazón con aquellas palabras que nuestra madre, santa Clara, le  dirigió a santa Inés y que también hoy nos dice a cada una de nosotras: “…te considero colaboradora del mismo Dios y apoyo de los miembros vacilantes de su cuerpo inefable.” (Cta. Cl. III)Chicos, gracias por vuestra atención. Os doy un abrazo fraterno de paz y bien.

IP: Muchas gracias, hermana Gabriela.
FOTO:
© Archivo del Convento HH. Clarisas El Toboso, 2015
001 a 008.- Diversos momentos de la vida de la hermana Gabriela.
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